María Antonieta, con su largo cabello rubio y lacio, una cintura de muñeca y un elegante vestido corto, se baja del taxi. La fila para entrar al Banco Ganadero (BBVA), es muy larga, la ve y respira profundo. Al lado del banco un grupo de obreros intentan restaurar la fachada de un local vacío, y por instinto uno de ellos con un silbido acompañado de una guiñada de ojos, la halaga. Ella lo mira y tratando de ocultar su emoción, se añade a la fila.
El calor es desesperante pues, a las tres de la tarde en Caucasia (Ant.), el sol brilla azotando a los caucasianos que deciden salir a esa hora. María, o mejor dicho: la muñeca, como la llaman sus familiares y amigos, se recoge el cabello, dejando al descubierto su llamativo cuello. El obrero mencionado no para de mirarla, trata de concentrarse en su trabajo, pero es imposible, esa musa jamás vista, de una manera inexplicable atrapó su atención, y no era para menos, esa mujer cautivaba incluso la mirada de otras mujeres; los demás obreros seguían trabajando, pero todos con cara de suspiro.
Julián es un joven animado, humilde, nunca ha tenido novia, aunque es muy atractivo. Le gusta estudiar, trabajar y es muy querido por todos, pero con sus padres no ha logrado una buena relación. El sueño de estos complicados padres es que su hijo, al igual que ellos, sea un abogado, pues tienen un grave complejo de superioridad profesional, en el sentido de que creen que ninguna profesión los supera, pero a él, eso no le interesa en lo mínimo.
“Yo quiero ser un arquitecto, pero me gustaría empezar desde abajo.” Le dice a sus padres cada vez que lo acosan con el tema de la abogacía, y ellos creen que es un capricho; sin embargo, él siente pasión por lo que hace, por eso con la ayuda de sus amigos trabaja en la construcción de casas, negocios y en los ratos libres diseña planos de las que, según él, serán sus propiedades. Esta vez, fue contratado por la dueña de un almacén, que para agrandar su negocio decidió ampliar el local y remodelarlo.
En este nuevo empleo conoce a la musa de sus sueños, esa diosa cuyo nombre aún no conoce. Sus ojos no dejan de mirar el largo y llamativo cuello que se mostró de repente, interrumpiendo su trabajo.
Julián sólo tiene 22 años y la muñeca cautivadora, a pesar de sus dotes se ve mayor que él; sin embargo, él no piensa en nada de eso, ella sí.
Aunque sólo parece una mujer hermosa concentrada en la espera de ser atendida en el banco, sus pensamientos dibujan la imagen de Julián: desde su negro cabello, su rosado y sudado rostro, hasta la sucia ropa que por ajustada deja ver el llamativo cuerpo de hombre que éste posee. “¡Es hermoso! Pero… se ve tan joven. ¿Será que de verdad le gusto?” (se muerde los labios y suspira).
María tiene 27 años, su cuerpo es casi perfecto, su piel es blanca y no está manchada, ni mucho menos arrugada; sin embargo, se ve como una mujer propia de su edad, pero hermosa.
La fila avanza y su turno llegó, pero aún estando dentro del banco, la imagen del obrero no sale de su cabeza. Ella es contadora pública y está consignando algunas facturas de su oficina que tienen como fecha límite de pago: el 25 de octubre de 1999, ese mismo día. Julián no quiere perderla de vista, sus compañeros se burlan en su cara, pues no disimula el impacto causado por la bella dama. Él, prácticamente hipnotizado, espera el momento en que ella salga. Y por fin el momento llega, la muñeca camina como en una pasarela en dirección hacia él. No puede creerlo, ella lo está mirando, su corazón palpita rápidamente, el de ella también, pero no se nota.
La brisa empieza a correr, trayendo consigo el olor del río Cauca, que pasa por la otra calle llamada La Primera. El reloj marca las 5:20 p.m., María se suelta el cabello y éste se mueve al ritmo de sus pasos, cada vez se acerca más, Julián no puede resistir la emoción, ella tampoco. Camina, y avanzando los últimos pasos para llegar él, sin importar los prejuicios o estereotipos sociales, se arroja en sus brazos. Se unen de una manera extraña en un beso apasionado que muestra al contexto, un contraste aparente de clases que no pasa desapercibido por los clientes del banco, ni los demás obreros del almacén.
Un aplauso se desprende interrumpiendo el silencio, los obreros celebran de emoción, mientras los clientes del banco miran despectivamente el hecho, y ellos encantados por el amor y la pasión, no paran de besarse y conocerse a través de los sentidos del amor. Lentamente, separan sus labios, y ella “rompiendo el hielo” y con dulzura, le pregunta: “Cómo te llamas”. Él responde medio agitado: “Julián”, y añade: “Y ¿tú?”.
Ella le responde mientras se separa lentamente de su cuerpo: “María”. Pero él, sujetándola fuerte de la cintura y con un tono alegre le dice: “María, igual que la virgen”. Ambos se ríen y vuelven a besarse suave y lentamente. Ella, sujetando sus mejillas y acariciando su cara le dice a Julián: “Aunque no soy como la virgen, tengo mis propios dotes, mis amigos me dicen de cariño: la muñeca.” Él con una sonrisa y acariciando su rostro le dice: “Pues de hoy en adelante, serás mi muñeca, pero mi muñeca de porcelana, porque te voy a cuidar como a nada en mi vida”.
Ella lo mira, suspira, se ríe, cierra sus ojos, y moviendo su cabeza, vuelve a suspirar diciendo: “No sé por qué, pero siento como si te conociera de toda la vida”. Vuelven a reírse, y olvidando facturas y remodelación de almacén caminan juntos por toda la avenida La Segunda, agarrados de las manos, conversando y con un futuro imprevisible para los espectadores.
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