miércoles, 7 de octubre de 2009

CREO QUE FUE MI PEOR DÍA DE RUTA

Nunca pensé que ver morir a una persona fuera tan duro, quizás escuchar los comentarios: “mataron a Fulano”, o “a Zutano”, es menos fuerte que la experiencia de ser testigo del hecho. En todo el tiempo que llevo de estar viajando, de una ciudad a otra, he presenciado accidentes de tránsito y muchas cosas extrañas que se presentan en la carretera; sin embargo, nunca había visto morir a alguien.

Sucedió el domingo, 23 de agosto del 2009, estaba dispuesto a salir de Caucasia (Ant.) rumbo a Nechí (Ant.), pero antes, debía llenar de gasolina el tanque del carro. Eran aproximadamente las siete de la mañana, la gasolinera estaba despejada, mi compañero Milciades estaba con los ánimos bien puestos, mientras que los graneros y supermercados, de la ruta Nechí, esperaban ansiosos las carnes frías para la venta del día que nosotros les llevamos.

En la terminal de transporte, antes de llegar a la gasolinera, hay un pequeño y acogedor restaurante, en él, un hombre alto, gordo, de cabello negro, pantalón y camiseta azul, zapatos blancos y anteojos negros, coloca su mano en la mejilla como pensando o presintiendo la tragedia que venía. No sé por qué, pero llamó tanto mi atención que detallé cada parte de su atuendo, es más, en su cuello tenía una larga y gruesa cadena de plata.

Estacionamos, sin apagar el carro, frente al pequeño restaurante con el ánimo de comprar algo para comer en el camino. No estábamos seguros de quién era el que bajaría a comprar, tampoco sabíamos si lo haríamos. Y pensando en comer o bajar a comprar, en un abrir y cerrar de ojos; mientras mi mente procesaba el deseo de un alimento, dos hombres con cascos y chaquetas negras, se acercaron al lugar en una moto.

El hombre del restaurante los miró con asombro, quitando su mano de la mejilla y colocándola en la mesa, como intentando pararse; pero sin darle lugar, el parrillero que acompañaba al conductor de la moto, apuntó a su cabeza con una pistola. Uno, dos y seis tiros sonaron, el cabello negro de aquél obeso individuo, se tornó a carmesí por el exceso de sangre que salía de su cabeza.

Yo no podía creer lo que estaba aconteciendo ante mis ojos, perdí el apetito y mi corazón empezó a latir muy fuerte. Por un minuto hubo silencio, o al menos no escuché nada por el retumbar de los balazos que aún hacían eco en mis oídos. Una joven lloraba desconsolada ante el cadáver, dos hombres, al parecer familiares de la destrozada niña, con la voz entrecortada se decían entre sí: “yo sabía que esto iba a pasar.”

No pasaron dos minutos cuando el lugar comenzó a rodearse de gente, algunos comentaban que el difunto era un taxista que viajaba para la zona de El Bagre, otros decían: “quién sabe en qué malos negocios, andaba”; sin embargo, tanto unos como otros reflejaban tristeza en su rostro.

La verdad, no sabía si llorar, avanzar en mi camino o tratar de colaborar en algo; pero sentí miedo, el lugar estaba rodeado de muchas personas y no había la presencia de ninguna autoridad. Decidí seguir mi camino, pero con mucha intranquilidad. Me sudaban las manos, me temblaban los pies; sin embargo, Milciades, no hacía sino reírse de los nervios, y me decía: “tranquilo Juancho, no se asuste, eso es normal por estos lares”. El momento fue traumático, llegué a la gasolinera y una de las muchachas que atendían el lugar, me preguntó, casi llorando, que cuánto de gasolina deseaba comprar, le dije que llenara el tanque.

Me miró y me dijo: “usted lo vio todo, ¿verdad?” y no pude responderle porque el pavor que sentía en ese momento no me dejaba pronunciar palabra. “Lo entiendo, yo estoy igual de nerviosa, ¡acabé de venderles gasolina a esos matones!” Me dijo mientras sujetaba la pistola de presión para llenar el tanque.

Al regresar para emprender mi viaje, no quería mirar el lugar de los hechos, de mi mente salieron los dilemas de platos que deseaba comer, y sólo la imagen sangrienta de aquél supuesto taxista se dibujaba una y otra vez en distintos planos.

Quería llorar, no soportaba la repetición, una y otra vez, de aquellas imágenes, pero tampoco me podía descontrolar por los nervios, la responsabilidad de la ruta era más pesada para ese día, pues apenas empezaba la semana y todos los clientes necesitaban el pedido temprano. No sé cómo pude soportar la presión de ese día, sólo sé que cada que lo recuerdo, pienso y creo que fue mi peor día de ruta.

JULIÁN Y LA MUÑECA DE PORCELANA (Un encuentro inesperado )

María Antonieta, con su largo cabello rubio y lacio, una cintura de muñeca y un elegante vestido corto, se baja del taxi. La fila para entrar al Banco Ganadero (BBVA), es muy larga, la ve y respira profundo. Al lado del banco un grupo de obreros intentan restaurar la fachada de un local vacío, y por instinto uno de ellos con un silbido acompañado de una guiñada de ojos, la halaga. Ella lo mira y tratando de ocultar su emoción, se añade a la fila.

El calor es desesperante pues, a las tres de la tarde en Caucasia (Ant.), el sol brilla azotando a los caucasianos que deciden salir a esa hora. María, o mejor dicho: la muñeca, como la llaman sus familiares y amigos, se recoge el cabello, dejando al descubierto su llamativo cuello. El obrero mencionado no para de mirarla, trata de concentrarse en su trabajo, pero es imposible, esa musa jamás vista, de una manera inexplicable atrapó su atención, y no era para menos, esa mujer cautivaba incluso la mirada de otras mujeres; los demás obreros seguían trabajando, pero todos con cara de suspiro.

Julián es un joven animado, humilde, nunca ha tenido novia, aunque es muy atractivo. Le gusta estudiar, trabajar y es muy querido por todos, pero con sus padres no ha logrado una buena relación. El sueño de estos complicados padres es que su hijo, al igual que ellos, sea un abogado, pues tienen un grave complejo de superioridad profesional, en el sentido de que creen que ninguna profesión los supera, pero a él, eso no le interesa en lo mínimo.

“Yo quiero ser un arquitecto, pero me gustaría empezar desde abajo.” Le dice a sus padres cada vez que lo acosan con el tema de la abogacía, y ellos creen que es un capricho; sin embargo, él siente pasión por lo que hace, por eso con la ayuda de sus amigos trabaja en la construcción de casas, negocios y en los ratos libres diseña planos de las que, según él, serán sus propiedades. Esta vez, fue contratado por la dueña de un almacén, que para agrandar su negocio decidió ampliar el local y remodelarlo.

En este nuevo empleo conoce a la musa de sus sueños, esa diosa cuyo nombre aún no conoce. Sus ojos no dejan de mirar el largo y llamativo cuello que se mostró de repente, interrumpiendo su trabajo.

Julián sólo tiene 22 años y la muñeca cautivadora, a pesar de sus dotes se ve mayor que él; sin embargo, él no piensa en nada de eso, ella sí.

Aunque sólo parece una mujer hermosa concentrada en la espera de ser atendida en el banco, sus pensamientos dibujan la imagen de Julián: desde su negro cabello, su rosado y sudado rostro, hasta la sucia ropa que por ajustada deja ver el llamativo cuerpo de hombre que éste posee. “¡Es hermoso! Pero… se ve tan joven. ¿Será que de verdad le gusto?” (se muerde los labios y suspira).

María tiene 27 años, su cuerpo es casi perfecto, su piel es blanca y no está manchada, ni mucho menos arrugada; sin embargo, se ve como una mujer propia de su edad, pero hermosa.

La fila avanza y su turno llegó, pero aún estando dentro del banco, la imagen del obrero no sale de su cabeza. Ella es contadora pública y está consignando algunas facturas de su oficina que tienen como fecha límite de pago: el 25 de octubre de 1999, ese mismo día. Julián no quiere perderla de vista, sus compañeros se burlan en su cara, pues no disimula el impacto causado por la bella dama. Él, prácticamente hipnotizado, espera el momento en que ella salga. Y por fin el momento llega, la muñeca camina como en una pasarela en dirección hacia él. No puede creerlo, ella lo está mirando, su corazón palpita rápidamente, el de ella también, pero no se nota.

La brisa empieza a correr, trayendo consigo el olor del río Cauca, que pasa por la otra calle llamada La Primera. El reloj marca las 5:20 p.m., María se suelta el cabello y éste se mueve al ritmo de sus pasos, cada vez se acerca más, Julián no puede resistir la emoción, ella tampoco. Camina, y avanzando los últimos pasos para llegar él, sin importar los prejuicios o estereotipos sociales, se arroja en sus brazos. Se unen de una manera extraña en un beso apasionado que muestra al contexto, un contraste aparente de clases que no pasa desapercibido por los clientes del banco, ni los demás obreros del almacén.

Un aplauso se desprende interrumpiendo el silencio, los obreros celebran de emoción, mientras los clientes del banco miran despectivamente el hecho, y ellos encantados por el amor y la pasión, no paran de besarse y conocerse a través de los sentidos del amor. Lentamente, separan sus labios, y ella “rompiendo el hielo” y con dulzura, le pregunta: “Cómo te llamas”. Él responde medio agitado: “Julián”, y añade: “Y ¿tú?”.

Ella le responde mientras se separa lentamente de su cuerpo: “María”. Pero él, sujetándola fuerte de la cintura y con un tono alegre le dice: “María, igual que la virgen”. Ambos se ríen y vuelven a besarse suave y lentamente. Ella, sujetando sus mejillas y acariciando su cara le dice a Julián: “Aunque no soy como la virgen, tengo mis propios dotes, mis amigos me dicen de cariño: la muñeca.” Él con una sonrisa y acariciando su rostro le dice: “Pues de hoy en adelante, serás mi muñeca, pero mi muñeca de porcelana, porque te voy a cuidar como a nada en mi vida”.

Ella lo mira, suspira, se ríe, cierra sus ojos, y moviendo su cabeza, vuelve a suspirar diciendo: “No sé por qué, pero siento como si te conociera de toda la vida”. Vuelven a reírse, y olvidando facturas y remodelación de almacén caminan juntos por toda la avenida La Segunda, agarrados de las manos, conversando y con un futuro imprevisible para los espectadores.